La calandria by Rafael Delgado — Read

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Allí, como en todas las poblaciones de aquella zona, es muy caluroso el estío. Las mañanas son casi siempre límpidas y serenas. Las lluvias nocturnas y vespertinas refrigeran el valle, y los vientos matinales llegan a la ciudad esparciendo deliciosa frescura y embalsamando el aire con los mil olores de la cordillera. Si en abril vienen cargados de azahar, en verano traen el aroma de los musgos y de los líquenes que huelen a tierra húmeda.

Ni una nubecilla que empañe el azul del cielo. En las primeras horas está la atmósfera tan clara que desde las calles céntricas se percibe el incesante movimiento de los árboles y plantas con que se arropan las laderas, y se distinguen, sin confusión, aquí amarillentas, allá rojizas, las veredas que suben serpenteando hasta las cimas.

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