Explore "La calandria" by Rafael Delgado on Textopian. Read with annotations and highlights.
Alberto, según su costumbre, dejó el lecho ese día cuando el sol estaba casi a la mitad del cielo, y después de apurar en su gabinete una gran taza de café con leche, que de ordinario encontraba insípido y detestable, principió la obra dilatada de arreglar sus cabellos.
Los de Alberto eran recios e indómitos, y tanto, que a pesar de los variados cosméticos y exquisitas pomadas de su tocador, más provisto de esencias y aguas olorosas que el de una tiple de zarzuela, necesitaba nuestro precoz tenorio una larga hora para quebrantar con el peine aquel pelo rebelde, y disponerlo sobre la frente pálida en ondas suaves y simétricas. Terminada esta tarea, que parecía interminable, comenzaba la no menos laboriosa e importante de anudarse en torno del alto y níveo cuello inglés, que más tenía de muralla que de tal, la fina corbata, en tanto que el paciente criado repasaba el cepillo, por centésima vez, sobre los pliegues del pantalón correcto y del ceñido levitín que caían como pintados sobre el demacrado cuerpo de su dueño.