Explore "La calandria" by Rafael Delgado on Textopian. Read with annotations and highlights.
Empleó Carmen las primeras horas de la mañana en el arreglo de la recámara y en la colocación de los viejos muebles recibidos la víspera. Tempranito, apenas salió doña Mercedes para ir a misa, principió la faena. La joven, en traje de hacer sábado, iba y venía diligente y activa. Las enaguas viejas de percal azul y el pañuelo de hierbas con que se había cubierto la cabeza, despertaban en la muchacha el ardor del aseo, la rabia de la limpieza, en tal grado, que era otra cuando se echaba encima tales prendas. Nada quedaba en su sitio. Plumero en mano, limpiaba techos y paredes, o armada con la escoba de palma ruidosa y cantante, en los ojos la alegría y en los labios la polca favorita, no había telarañas que se le escaparan, ni hendiduras donde quedara oculto un átomo de polvo. Con razón el cura, cuando en el púlpito discurría del examen de la conciencia, indispensable para una buena confesión, no dejaba nunca de comparar el acto importantísimo de limpiar el alma con la diaria faena mujeril.
La ventana abierta; el sol que entraba oblicuo, haciendo visible la nube de polvo que se revolvía en el aposento. Afuera, el gorjeo de las alondras, el cacareo de las gallinas, el canto estridente de las cigarras. Adentro, la polca, más bien tarareada con el pensamiento que con la voz, la plácida alegría matinal de la vida doméstica.