Explore "La calandria" by Rafael Delgado on Textopian. Read with annotations and highlights.
Alberto siguió cultivando la amistad de Magdalena. Todas las noches iba a visitarla, y no se retiraba de allí antes de las doce. Algunas veces le acompañaban sus amigos. De todos ellos, el más simpático para la mulata fue Pepe Muérdago. ¡Qué bien que congeniaron la sabidilla y el parásito! Las crudezas y malicias del uno eran el encanto de la otra; las cursilerías y el furor lírico de la de Jurado daban al muchacho mucho que hacer y de qué reír. Magdalena estaba muy pagada de la amistad de Pepe. Éste no tenía escrúpulos, ni se paraba en pelillos. Estaba listo para todo, siempre que se trataba de su amiga; la sufría con paciencia, la llevaba al teatro y a los toros, con el mayor gusto. Ya los concurrentes y parroquianos de la cantina le decían, en son de chanza, que había heredado la encomienda, y hasta solían llamarle con el apellido del director de El Radical. Pepe contestaba con una sonrisa, y no se le daba un ardite cuanto dijeran en su contra. Él sabía adónde iba. Magdalena pecaba de generosa, y frecuentemente, en calidad de préstamo, recibió el parásito algunos duros de mano de su amiga. «¡Los préstamos del Gobierno! -murmuraba ésta. Pero, ¿cómo negar un favor a tan amable joven?» Cuando el bolsillo de Pepe estaba exhausto, y el mozo quería ir al teatro… ¿qué hacer? ¡Cosa más fácil!
-¡Male! ¿Vas esta noche a la zarzuela?