La calandria by Rafael Delgado — Read

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Ese día llegó Jurado de la Costa. El juez de Tuxtla quedaba amaestrado en los tiquismiquis de la tramitación, y el tinterillo tornaba a sus lares, al romántico amor de Malenita, a los trabajos del empleo, y a las brillantes y gloriosas labores del periodismo.

Ya los amables lectores de El Radical echaban de menos las lucubraciones de don Juan. Aunque muchacho de porvenir, y digno y aprovechado discípulo de su jefe inmediato, Arturito Sánchez no había sabido mantener el interés del semanario. El escribientillo, que había dejado los estudios para meterse a poeta, no servía para escribir un periódico serio. Hacía sueltos y gacetillas, pero débiles e insulsos. Su fuerte eran los versos, las décimas rimbombantes y las odas sibilinas; los hemistiquios hiperbólicos y las sandeces nebulosas que tan bien se adunan al patriotismo rimado… El periódico, falto de artículos de fondo y sobrado de coplas, iba decayendo. Diez personas habían dejado la suscripción en Pluviosilla, y otras tantas de fuera respaldaron las libranzas postales, alegando que no habían llegado a sus manos muchos números. Esto era muy grave: a ese paso el periódico moriría en pocos meses. Los amigos de Jurado y sus compañeros de monipodio se quejaban de que El Radical no publicara, como en otro tiempo, con auxilio de un pastor protestante, americanizado de pies a cabeza, y furibundo roedor de encíclicas papales, aquellos célebres artículos, levantados y briosos, elocuentes y terribles, a los cuales debía el semanario la fama y el renombre de que gozaba en la República, particularmente en ciertos Estados de la frontera.

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