Así habló Zaratustra by Friedrich Nietzsche

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1 / Y cuando Zaratustra dio la vuelta a una roca vio no lejos debajo de sí, en el mismo camino, a un hombre que agitaba los miembros como un loco furioso y que, finalmente, cayó de bruces en tierra. «¡Alto!, dijo entonces Zaratustra a su corazón, ése de ahí tiene que ser sin duda el hombre superior, de él venía aquel perverso grito de socorro, voy a ver si se le puede ayudar.» Mas cuando llegó corriendo al lugar donde el hombre yacía en el suelo encontró a un viejo tembloroso, con los ojos fijos, y aunque Zaratustra se esforzó mucho por levantarlo y ponerlo de nuevo en pie, fue inútil. El desgraciado no parecía ni siquiera advertir que alguien estuviese junto a él; antes bien, no hacía otra cosa que mirar a su alrededor, con gestos conmovedores, como quien ha sido abandonado por todo el mundo y dejado solo. Pero al fin, tras muchos temblores, convulsiones y contorsiones, comenzó a lamentarse de este modo:

«Quién me calienta, quién me ama todavía? / ¡Dadme manos ardientes! / ¡Dadme braseros para el corazón! / ¡Postrado en tierra, temblando de horror, / Semejante a un mediomuerto, a quien la gente le calienta los pies / Agitado, ¡ayl, por fiebres desconocidas, / Temblando ante las agudas, gélidas flechas del escalofrío, / Acosado por ti, ¡pensamiento! / ¡Innombrable! ¡Encubierto! ¡Espantoso! / ¡Tú, cazador oculto detrás de nubes! / Fulminado a tierra por ti, / Ojo burlón que me miras desde lo oscuro: / Así yazgo, / Me encorvo, me retuerzo, atormentado / Por todas las eternas torturas, / Herido / Por ti, el más cruel de los cazadores, / ¡Tú desconocido Dios! / ¡Hiere más hondo, / Hiere otra vez! / ¡Taladra, rompe este corazón! / ¿Por qué esta tortura / Con flechas embotadas? / ¿Por qué vuelves a mirar, / No cansado del tormento del hombre, / Con ojos crueles, como rayos divinos? / ¿No quieres matar, / Sólo torturar, torturar? / ¿Para qué torturarme a mí, / Tú cruel, desconocido Dios? / ¡Ay, ay! ¿Te acercas a escondidas? / ¿En esta medianoche / Qué quieres? ¡Habla! / Me acosas, me oprimes / ¡Ay! ¡ya demasiado cerca! / ¡Fuera! ¡Fuera! / Me oyes respirar, / Escuchas mi corazón. / Auscultas mi corazón, / Tú celoso / Pero ¿celoso de qué? / ¡Fuera! ¡Fuera! ¿Para qué esa escala? / ¿Quieres entrar dentro, / en el corazón, / Penetrar en mis más ocultos / Pensamientos? / ¡Desvergonzado! ¡Desconocido ladrón! / ¿Qué quieres robar? / ¿Qué quieres escuchar? / ¿Qué quieres arrancar con tormentos? / ¡Tú atormentador! / ¡Tú Dios-verdugo! / ¿O es que debo, como el perro, / Arrastrarme delante de ti? / ¿Sumiso, fuera de mí de entusiasmo, / Menear la cola declarándote mi amor? / ¡En vano! ¡Sigue pinchando, / Cruelísimo aguijón! No, / No un perro tu caza soy tan sólo, / ¡Cruelísimo cazador! / Tu más orgulloso prisionero, / ¡Salteador oculto detrás de nubes! / Habla por fin, / ¿Qué quieres tú, salteador de caminos, de mí? / ¡Tú oculto por el rayo! ¡Desconocido! Habla, / ¿Qué quieres tú, desconocido Dios? / ¿Cómo? ¿Dinero de rescate? / ¿Cuánto dinero de rescate quieres? / Pide mucho ¡te lo aconseja mi segundo orgullo! / ¡Ay, ay! / ¿A mí es a quien quieres? ¿A mí? / ¿A mí entero? / ¡Ay, ay! / ¿Y me torturas, necio, / Atormentas mi orgullo? / Dame amor ¿quién me calienta todavía? / ¿Quién me ama todavía? dame manos ardientes, / Dame braseros para el corazón, / Dame a mí, al más solitario de todos, / Al que el hielo, ay, un séptuplo hielo / Enseña a desear / Incluso enemigos, / Enemigos, / Dame, sí, entrégame, / Cruelísimo enemigo, / Dame ¡a ti mismo! / ¡Se fue! / ¡Huyó también él, / Mi último y único compañero, / Mi gran enemigo, / Mi desconocido, / Mi Dios-verdugo! / ¡No! ¡Vuelve / Con todas tus torturas! / ¡Oh, vuelve / Al último de todos los solitarios! / ¡Todos los arroyos de mis lágrimas / Corren hacia ti! / ¡Y la última llama de mi corazón / Para ti se alza ardiente! / ¡Oh, vuelve, / Mi desconocido Dios!¡Mi dolor!¡Mi última felicidad!

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