Explore "Los usurpadores" by Francisco Ayala on Textopian. Read with annotations and highlights.
«Tierra de sal y de hierro; tierra violenta, sedienta, áspera; tierra ocre; flor de romero, amarillos jaramangos, pinares de verde perenne y amargo; caballos, toros, cabras, sucias ovejas, pastores de ojos duros; breñas, espinos, peñascos, sangre, greda, polvo: tierra mía, ¡adiós! » Eran los ojos de don Juan Alfonso quienes se despedían; sus labios, temblaban en silencio. Había detenido allí, junto al río, su cabalgadura para tomar aliento: bajo la barranca, la corriente bramaba en la angostura, como el corazón en la garganta del jinete. Había galopado desde la medianoche hasta el alba, la blanca barba flotando sobre el hombro. No bien advirtiera que su señor sucumbía, apenas hubo visto la mano de don Pedro abrirse en el suelo y soltar el cuchillo reluciente, se había escurrido y, saliendo del castillo, saltó sobre un caballo, cruzó el campamento y huyó a campo traviesa por tierras de Toledo.
Había visto caer al rey, y escapaba a las gentes del Bastardo antes que la noticia se le adelantara hacia las fronteras del reino. Temía al miedo de los indecisos que ahora querrían acudir al remedio de las vacilaciones pasadas con algún apresurado testimonio de celo. Y ¿cuál mejor -pensaba-, qué tributo más agradable para el nuevo rey, que entregarle, atadas las manos a la espalda, al hombre venerable que durante los veinte años de guerra había sido consejero y guía sagaz de su recién vencido hermano?.