Explore "Vida de Pedro Saputo" by Braulio Foz on Textopian. Read with annotations and highlights.
¡Oh qué infeliz es el hombre, que no quiere entender que la alegría es anuncio de penas, la mucha prosperidad, el rostro irónico de la desgracia y el día de la satisfacción, la víspera del dolor y del mayor golpe de la suerte! ¡Qué infeliz el que esto no entiende o lo olvida! Traiciones más bien que favores parece que sean las glorias de este mundo; alevosías, ardides y emboscadas del mal, cayendo siempre en ellas necia y confiadamente para espantarnos luego de la mudanza y maldecir de nuestra estrella y de la vida. ¡Nuestra estrella! ¿A qué llamamos estrella? No hay estrella, sino, hado, suerte ni fortuna, que la manifiesta soberana Providencia que hace lo que quiere de nosotros y de nuestras cosas, valiéndose unas veces de nuestros mismos vicios, otras de nuestras virtudes; unas, de nuestra prudencia, otras, de nuestra temeridad; y otras obrando sin tener ninguna cuenta con lo que nosotros somos, o hacemos o ponemos de nuestra parte. ¿Qué familia más dichosa y merecidamente feliz que la de don Alfonso? ¿Qué satisfacción como la de juntarse al fin tantas personas, tan amadas entre sí, tan excelentes y tan dignas también de aquella felicidad? Pues oiga el lector en qué vino a parar todo muy aprisa.
Un mes hacía que Pedro Saputo había salido de Zaragoza, y aún no se sabía de él; ni se supo en dos ni en tres más que pasaron. El padre escribió al virrey, éste, al ministro; y ¡cuál fue su espanto al recibir una carta autógrafa de S. M. en que le decía, que siempre había deseado ver a Pedro Saputo, y que en efecto pensaba llamarle, pero que nada sabía de su llamamiento, no había dado orden a nadie que le hiciesen venir! Escribió inmediatamente a don Alfonso; presentóse éste en Zaragoza, y al ver lo que pasaba, pensó caerse muerto. El virrey se llenó de inquietud y pesadumbre, ya por lo que pudiera haber sucedido a Pedro Saputo, ya porque se podría sospechar que había tenido parte en el engaño. Alentó en fin a don Alfonso, le aconsejó fuese a la corte y se presentase a S. M.; y lo hizo el buen caballero. Mas el rey, tan afligido como él del caso, y ofendido y altamente sentido de que se hubiese tomado a su nombre para un hecho tan atroz como parecía ser, hizo practicar exquisitas y continuas diligencias por espacio de dos meses, y ninguna luz se pudo adquirir del suceso. Entonces don Alfonso inclinó la cabeza a su desgracia, besó la mano al rey, que lloró con él al despedirle, y se volvió a Aragón a su casa.