Vida de Pedro Saputo by Braulio Foz — Read

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A nadie le ocurra decir, de esta agua no beberé, porque puede ser que tenga que beberla, y eso aunque esté turbia, y mezclada con sangre humana; aunque la estén pasando actualmente de un cuerno a otro, como hacía un loco en la calle estotro día. ¿Qué más agua de cuerno para el hidalgo de la esquina de la plaza, que verse obligado a rendir su soberbia al hijo de aquella pupila a quien él denostó con tanto desprecio y con palabras de tanta injuria, debiéndole nada menos que la vida de su hija y no teniendo paz y amor con ella si cada día no la visitaba el que él destinara para comadrón y casamentero, y además salió ahora, que valía más siendo un niño y pobre que todos los hidalgos de la provincia, cuanto más él y los suyos? Y aun él padeció menos que otros en aquella humillación, porque no era ingrato, y la gratitud, ¡ay, qué hermosa es!, no permite quisquillas del amor propio. Viviera un poco más, y viera aún cosas mayores, y su soberbia más retirada, y su imprudencia más arrepentida. Preguntaron a un sabio antiguo qué hacía Dios, y respondió: abajar lo alto y levantar lo bajo. Siendo de notar que si en otras cosas su providencia da lugar a preguntas como aquéllas: Dime, padre común, pues eres justo, en ésta nunca se ha de desear mucho tiempo su cuidado de recordar fuertemente al hombre vano, que nada es y nada puede de sí mismo; habiéndonos prevenido para que no lo extrañásemos, que el que se alegra de la caída de otro, de la flaqueza de otro, o se cree exento y seguro de ella, no quedará sin castigo, no dejará de ser abandonado para que caiga en aquella misma o en otra más miserable. Encontraba Pedro Saputo esta lección y doctrina en sus libros, y aunque niño la tenía siempre muy presente y evitaba así la vanagloria, la presunción, el engreimiento, el desvanecimiento, ayudándole también su buena madre que continuamente refería a Dios todas las gracias y habilidades de su hijo.

Pasaba el tiempo entretanto, y él entraba ya en los quince años de su edad; y dijo un día a su madre: -Yo, madre mía, quisiera irme a ver mundo. Hasta ahora sólo he visto la ciudad de Huesca y algunos otros lugares de la comarca adonde me habéis llevado; y eso es no haber salido de Almudévar, porque no hay diferencia en las costumbres, ni en el cielo, ni en la tierra y quiero irme solo y más lejos, porque en el mundo hay mucho que ver y mucho que saber, y en casa y por aquí siempre son los mismos campos, las mismas paredes y ventanas, y ni los unos dicen nada, ni las otras dan más luz ni otra que el primer día. Conque dadme vuestra bendición y me iré con vuestra licencia. Contristóse su buena madre con semejante nueva, y le dijo llorando: -¿Cómo, pues, hijo mío, cómo serás el consuelo de tu madre si te vas de mi lado? -Madre mía, respondió él: los hijos son el consuelo de sus padres no estando siempre atados de su pierna, sino honrados, ganando honestamente la vida, no dándole pesadumbres, queriéndolos mucho, y asistiéndolos y cuidándolos cuando lo necesitan. Además que no tardaré en volver, porque como será el primer viaje y soy aún muy rapaz, no quiero apartarme a luengas tierras ni lanzarme a la confusión de lenguas y naciones para prueba de mi fortuna.

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