Vida de Pedro Saputo by Braulio Foz — Read

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Llegado que fue al lugar con todo el acompañamiento de gente que trabajaba en las malhadadas fuesas, siguiendo en pos de los carros de vituallas y herramientas, le hicieron gran fiesta los amigos, que lo eran todos, y más, aunque con menor ruido las amigas, que como se sabe eran dos principalmente: Eulalia, la de la caída, y la consabida y desmadejada Teresita, no tan viva y salerosa como aquélla, pero entendida y profunda. Sólo que estaba casada hacía cuatro meses, pensando no ver más a Pedro Saputo y por dar gusto a sus padres que la fatigaron mucho; no con el de Tardienta, sino con un mozo harto bien dispuesto de Bolea. Ya se ve, el novio terco, el padre sandio, la madre frunciendo el hocico, Pedro Saputo ausente más de dos años, y ella pasar de los veinte ¿qué había de suceder? Pero ¡oh, cuánto lo sintió al ver volver a Saputo! A par de muerte le fue, y no hizo poco en no aborrecer al marido ni herirle de sospechas; bien que era de buena pasta y muy pasador de razones, pagándose de cualquiera. Pedro Saputo con prudencia y mónita la fue esforzando, consolando, y alegrando, y poco a poco le dio a entender y persuadió que la mujer casada debía poder morir, mas no faltar a lo que debe al marido, y tratándola con blandura no demostrándole desvío y severidad, y no irritando su genio, la hizo al fin prudente y virtuosa, y restituyó a su corazón la paz, a su pecho la serenidad, y a su semblante y trato la natural usada apacibilidad.

Todavía se encontró con novedad no esperada; otra amiga en quien jamás hubiera pensado; y fue Rosa, la hija de su madrina, la que él llamaba y llamó siempre hermanita, muchacha lindísima y que vio le quería con otro amor que de denantes. Mas él con la misma familiaridad e inocencia que la trataba la contentaba fácilmente. Aún no hacía seis días que había llegado, aún no había acabado su madre de mirarle, y de alegrarse de verle, aún no se cansaban los del pueblo de saludarle, cuando se le presentan dos ricachos de Alcolea de Cinca diciéndole que venían a pedirle consejo y traza para vender un vino que se les torcía; porque siendo ya entrado el setiembre y estando las viñas cargadas de fruto, no había medio ni esperanza de despacharlo. Preguntóles cuánto era, y le dijeron que sobre dieciséis mil cántaros. Y ¿qué me daréis?, les preguntó entonces. Y ellos respondieron: la cuarta parte de lo que valga, según se venda.

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