Satiricón by Petronio

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No había concluido yo de hablar, cuando Trimalcio: -Así vea yo crecer, no mi cuerpo, sino mi patrimonio, como es cierto que mi cocinero ha hecho todo esto de carne de cerdo.

No puede existir un hombre más precioso que él.

Si quisierais os haría de la vulva de una cerda un pez; de la grasa, palomas; del jamón, tórtolas, de los intestinos, una gallina; por eso mi ingenio le ha adjudicado un nombre que le viene como anillo al dedo; le llamo Dédalo.

Para recompensar su mérito le he hecho traer de Roma cuchillos magníficos de acero nórico.

Hizo traer inmediatamente esos cuchillos, los contempló con admiración y nos dio permiso de probar el corte en nuestras mejillas.

En el mismo instante entraron dos esclavos que fingían haberse trabado de palabras en el lago; llevaban aún las ánforas suspendidas al cuello, y fue en vano que Trimalcio tratase de poner paz entre ellos, pues ni uno ni otro se conformaron con la sentencia, y cada uno de ellos con su fusta pegaba en el ánfora de su adversario.

Sorprendidos grandemente de la insolencia de aquellos borrachos, mirábamos atentamente el combate, cuando vimos caer de sus ánforas rotas ostras y pececillos, que otro esclavo se apresuró a recoger y fue ofreciéndonos a la redonda de la mesa.

El ingenioso cocinero, para completar esta magnificencia, nos sirvió sobre parrillas de plata asados deliciosos, cantando con voz trémula y bronca.

Me avergüenza recordar los detalles siguientes: Por un refinamiento inaudito, esclavos adolescentes de larga cabellera trajeron ungüentos perfumados en barreños de plata y nos lavaron las pies y las piernas después de habernos enlazado éstas con guirnaldas; luego vertieron el sobrante en las ánforas del vino y en las lámparas.

Ya Fortunata había empezado a danzar y Scintila aplaudía, demasiado ebria para elogiarla con palabras discretas, cuando Trimalcio: -Te permito, dijo, a ti, Filárgiro [Filargiro], y a ti, Carrio [Carión], mi famoso campeón, que os arriméis con nosotros a la mesa; di a tu compañera Minófila [Menofila] que baje también.

Y a todos los demás, también.

Al momento llenaron la sala del festín todos los esclavos, y poco faltó para que nos arrojasen de nuestros lechos por acomodarse.

Aquel mismo cocinero que de un cerdo había hecho una oca, se puso a mi lado, y lo reconocí en seguida por el olor a grasa que despedía.

No contento con estar a la mesa, se puso a parodiar la tragedia de Efeso y quiso en seguida apostar con su dueño a que si él perteneciere a la facción verde de corredores, alcanzaría ésta el primer premio en las próximas carreras del circo.

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