Satiricón by Petronio

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Dicho esto, cantó el gallo.

Todo desconcertado, Trimalcio ordenó a los esclavos que echasen vino inmediatamente sobre la mesa, y que regasen también con el mismo líquido las lámparas; asimismo paso su sortija de la mano izquierda a la derecha, y: -No sin causa, dijo, nos avisa ese heraldo del día.

Su voz de alarma indica, si no me engaño, que va a estallar algún gran incendio en los alrededores, o que está por morirse alguno. ¡Lejos de nosotros tal presagio!

Prometo una recompensa al primero que me traiga a ese profeta de la desgracia.

Apenas hubo acabado de pronunciar tales palabras, cuando le trajeron un gallo de la vecindad.

Trimalcio lo condenó al fuego de las cocinas.

Dédalo, ese hábil cocinero que había convertido el cerdo en peces y aves poco antes, lo corto en pedazos y lo echó en una caldera, y mientras lo regaba con agua hirviente, Fortunata, en un mortero de madera, reducía a polvo pimienta.

Cuando se terminó este servicio, Trimalcio se volvió hacia los esclavos: -¿Y qué?, les dijo; ¿todavía no habéis cenado?

Idos y que vengan otros a reemplazaros.

Una nueva falange de esclavos se presentó inmediatamente.

Y mientras los que se iban exclamaban: -¡Salud, Cayo!-, los que entraban saludaban diciendo: ¡Ave, Cayo!

He aquí que de pronto turbose toda nuestra alegría.

Entre los recién venidos se hallaba un niño de atractivo porte, al cual atrajo desde luego a sí Trimalcio, cubriéndole de besos el rostro.

Fortunata, reclamando entonces sus derechos de esposa, comenzó a injuriar a su marido, reprochándole con destempladas palabras sus extravíos voluptuosos y sus vergonzosas inclinaciones.

Al fin, no sabiendo ya que calificativo adjudicarle, exclamó: -¡Perro!.

Trimalcio, confuso y exasperado por este ultraje, arrojó con fuerza una copa a la cabeza de Fortunata, que se puso a gritar como si la hubiese saltado un ojo, y se tapó el rostro con las manos, temblorosa.

Scintila, consternada por este incidente, la recibió en sus brazos y la cubrió con su cuerpo como escudo; un esclavo oficioso se apresuró a presentar a Fortunata un vaso de agua helada para rociar la mejilla lastimada.

La esposa de Trimalcio, la cabeza inclinada sobre el vaso, gemía, derramando un torrente de lágrimas.

Por el contrario Trimalcio, furioso y sin conmoverse: -¿Qué?, dijo, ¿esa miserable olvida que yo la saqué del fango? ¿No es por mí por quien ocupa una posición en el mundo?

Hela ahí que se infla como una rana.

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