Satiricón by Petronio

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No teníamos antorchas para guiarnos y vagamos a la ventura; era medía noche, y el silencio que reinaba por todas partes no nos dejaba ninguna esperanza de encontrar alguien que nos pudiese procurar luz. Para colmo de desventura estábamos ebrios y no conocíamos los caminos, que en aquel sitio son difíciles de conocer, aun en pleno día.

Así sólo después de una hora de viaje, a través de guijarros y espinos que nos ensangrentaban los pies, la destreza de Giton nos, sacó al fin de este mal paso.

En efecto, la víspera, en pleno día y temiendo extraviarse, había tenido la discreta precaución de marcar con tiza todos los pilares y columnas por donde pasábamos, y la blancura de las señales indicó a Giton el camino, Llegamos a la posada, y nuevo contratiempo.

La posadera, que había estado bebiendo con unos viandantes, estaba tan profundamente dormida que ni aspándola hubiese despertado; y fuerza nos hubiera sido pernoctar en la calle, sin la llegada de uno de los mensajeros de Trimalcio, hombre rico por su casa, pues poseía diez carros, y el cual se dejó pronto de llamar y rompiendo la puerta nos hizo entrar por la brecha.

En cuanto llegamos al dormitorio me metí en el lecho con mi querido Giton.

La cena suculenta que había comido, encendió mis venas con un fuego devorador que sólo podía apagar un océano de lujuriosas voluptuosidades:

¡Que noche aquella, oh Venus! / La voluptuosidad nos invadía / y al ardor de los besos, todo fuego, / nuestras almas en una se fundían. / El supremo placer es ¡oh, mortales! / morir de amor en brazos de la orgía.

Pero me congratulaba sin motivo; pues en cuanto satisfecha un poco la lujuria, los vapores del vino aletargaron mi cerebro.

Ascylto, siempre fértil en invenciones para mortificarme, arrebató a Giton de entre mis brazos adormecidos y lo llevó a su lecho, usurpando sin escrúpulo alguno los placeres que a mí me correspondían, sin que el muchacho advirtiese (ó fingió quo no lo advertía) la substitución injuriosa para mí.

Busqué en vano al despertarme al objeto de mi amor junto a mí y lo vi en los brazos de Ascylto.

Para vengarme de ambos perjuros estuve tentado de atravesarlos con mi espada, haciéndoles pasar del sueño a la muerte; pero siguiendo más prudente consejo, desperté a Giton a gritos y arrojé a la faz de Ascylto estas palabras: -Puesto que con tu vergonzoso atentado has violado todas las leyes de la amistad, toma lo tuyo, vete y deja de manchar estos lugares con tu presencia.

Consintió Ascylto, pero después que partimos entre los dos nuestro haber: -¡Alto! dijo; ahora dividamos al muchacho!

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