Read "Satiricón" by Petronio online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
El temor del suplicio había paralizado mi lengua y convencido por la evidencia, no encontraba una palabra para justificarme.
Turbado y confuso por mi fealdad, parecíame que con una cabeza tan calva, como una rodilla y con las cejas tan lisas como la frente, no podía decir ni hacer nada.
Pero cuando pasaron una esponja por mi rostro, inundado de lágrimas; cuando la tinta diluida confundió todos los caracteres dibujados en mi faz, y una máscara negra, un borrón, me cubrió el rostro, la cólera que me invadía se trocó en furor.
Mientras tanto, Eumolpo declaraba enérgicamente que no toleraría que se atormentase a hombres libres y rechazaba las amenazas de nuestros verdugos con la voz y con el gesto.
Era secundado por su sirviente y uno o dos pasajeros, componiendo una ayuda tan débil, que más bien podían servir para consolarnos que para salvarnos.
Demasiado furioso para implorar merced, amenazo con mis uñas a Trifena y declaro en alta voz que si aquella prostituta, merecedora de ser azotada a la vista de toda la tripulación, hace el más leve daño a Giton, haré contra ella uso de todas mis fuerzas.
Mi audacia redobló la rabia de Licas, quien se indigna de que yo olvide mi propia defensa para defender a otro; y Trifena, no menos exasperada por mis ultrajes, se entrega a parecidos transportes de furor.
Por fin, todo el pasaje se divide en dos bandos.
Por una parte, el barbero de Eumolpo adelanta con una navaja de afeitar, después de proveernos de todos los instrumentos cortantes y punzantes que poseía; por otro lado, los esclavos de Trifena, remangándose los brazos, se disponen a manejar sus puños.
Las sirvientes mismas, a falta de armas, excitan con sus gritos a los combatientes.
Solo y tranquilo en su puesto, amenaza, en vano a todos, el piloto con abandonar el timón si no cesa la trifulca que la liviandad ha ocasionado.
La lucha se prolonga con el mismo encarnizamiento con que se inició.
Licas y los suyos luchan por vengarse; nosotros por defender nuestra vida.
Ya de un bando y de otro habían caído varios campeones medio muertos de espanto, y el mayor número, cubierto de sangre y de heridas, se retiraba de la pelea, sin por eso amenguar la saña del combate; cuando Giton, aproximando valerosamente su navaja a los órganos genitales, amenazó con despojarse de sus atributos viriles.
Trifena, empero, haciéndole esperar la reconciliación, se opone.
Yo también había llevado el arma a mi cuello con tantas ganas de degollarme como Giton de hacerse eunuco.
Sin embargo, él representaba su papel con más atrevimiento, bien que sabía que no exponía nada, porque su navaja era aquella sin filo que ya en nuestro albergue había probado la noche antes.
Los dos ejércitos continuaban frente a frente, y el combate iba a reanudarse con mayor furia, cuando el piloto obtuvo a duras penas que Trifena fuera el heraldo de paz, proponiendo una tregua.
Aquella, pues, con su ramo de olivo, del cual había despojado al dios tutelar del navío, adelantose audaz hasta el medio de los combatientes y exclamó:
¿Qué furor es el que la paz en guerra / convierte? ¿Quién ha armado nuestras manos? / No una Hélena liviana, ni tampoco / nueva Medea mata a su hijo amado, / sino que de vengar necios desdenes / de amor, locos tratamos.