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A tan ferviente súplica siguieron de nuevo abundantes lágrimas, y grandes suspiros se escapaban de su pecho, abrazándome convulsivamente. Yo, turbado al mismo tiempo de temor y de compasión, procuré tranquilizarla asegurándole que no divulgaríamos el secreto de su culto. y prometiéndole, que, con ayuda de los dioses, la curaríamos de sus tercianas aunque fuese a costa de nuestra vida.
La mujer recobró su alegría al oírme, me besó apasionadamente y pasando del llanto a la risa, con loco placer alisaba con sus manos los bucles de mi cabello: -Hago la paz con vosotros, dijo, y renuncio a toda querella.