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Mientras todo resonaba con su ruidosa alegría, tratábamos de adivinar la causa de tan brusco cambio, dirigiendo nuestras miradas, ya sobre las tres mujeres, ya sobre nosotros mismos. -Veamos, dijo Quartilla; he dado mis órdenes para que ninguno sea recibido en este albergue durante todo el día de hoy, a fin de que, sin temor a importunos, podáis administrarme el febrífugo que necesito. -Mientras esto decía. Quartilla, Ascylto palideció presa de gran turbación, en cuanto a mí, quedé frío, helado de estupor, sin acertar a pronunciar palabra.
Sin embargo, un poco tranquilizábame nuestra superioridad.