Explore "Insolación y Morriña" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pacheco, por su parte, me llevaba la corriente; cuidaba de que nunca estuviesen vacíos mi vaso ni mi plato, y ajustaba su humor al mío con tal esmero, cual si fuese un director de escena encargado de entretener y hacer pasar el mejor rato posible á un príncipe. ¡Ay! Porque eso sí: tengo que rendirle justicia al grandísimo socarrón, y una vez que me encuentro á solas con mi conciencia, reconocer que, animado, oportuno, bromista y (admitamos la terrible palabra) en juerga redonda conmigo, como se encontraba al fin y al cabo Pacheco, ni un dicho libre, ni una acción descompuesta ó siquiera familiar llegó á permitirse. En ocasión tan singular y crítica, hubiera sido descortesía y atrevimiento lo que en otra mero galanteo ó flirtación (como dicen los ingleses). Esto lo entendía yo muy bien, aun entonces, y á la verdad, temía cualquiera de esas insinuaciones impertinentes que dejan á una mujer volada y le estropean el mejor rato. Sin la caballerosa delicadeza de Pacheco, aquella situación en que impremeditadamente me había colocado pudo ser muy ridícula para mí. Pero la verdad por delante: su miramiento fué tal, que no me echó ni una flor, mientras hartaba de lindas, simpáticas y retrecheras á las gitanas, á la chica del puñal de níquel y hasta á la fregona del estropajo. Cierto que á veces sorprendí sus ojos azules que me devoraban á hurtadillas; sólo que apenas notaba que yo había caído en la cuenta, los desviaba á escape. Su acento era respetuoso, sus frases serias y sencillas al dirigirse sólo á mi. Ahora se me figura que tantas exquisiteces fueron calculadas, para inspirarme confianza é interés: ¡ah malvado! Y bien que me iba comprando con aquel porte fino.
Surgió de repente ante nosotros, sin que supiésemos por donde había entrado, una figurilla color de yesca, una gitanuela de algunos trece años, típica, de encargo para modelo de un pintor: el pelo azulado de puro negro, muy aceitoso, recogido en castaña, con su peina de cuerno y su clavel sangre de toro; los dientes y los ojos brillantes, por contraste con lo atezado de la cara; la frente chata como la de una víbora, y los brazos desnudos, verdosos y flacos lo mismo que dos reptiles. Y con el propio tonillo desgarrado de las demás, empezó la retahila consabida: