Explore "Insolación y Morriña" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
La mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la puerta. ¡Ah!. ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».
Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres ocupaciones indispensables aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de caballero, con guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.