Una sociedad mejor coverCAPÍTULO 17
CAPÍTULO 17

Los pobres del planeta, II. Qué debe hacer una sociedad mejor

CAPÍTULO 17Visible text2 paragraphs
Los problemas que afligen a los pobres del planeta no concluyen con la historia que acabamos de referir. Cuando las antiguas posesiones coloniales consiguieron la independencia se vieron obligadas a hacerse cargo de la más exigente de las tareas humanas: la provisión de una estructura de gobierno honesto, fidedigno y eficiente. Muchas han fracasado. A partir de ahí se han producido, a su vez, fracasos económicos, pues el éxito económico depende del apoyo y la supervisión de una estructura de gobierno estable, eficiente y real. Sin ésta, no se cumplen los requisitos más esenciales para el desarrollo económico. En el siglo pasado, como se ha indicado, a una pregunta como qué requería el progreso económico se habría respondido inmediatamente en Estados Unidos, así como también en Europa: buen gobierno, buena enseñanza y probablemente buenos transportes. Esto sigue siendo un principio rector en nuestro tiempo. No cabe duda de que el estado-nación tiene una responsabilidad básica con su propio pueblo dentro de una buena sociedad. Pero ningún país puede estar satisfecho y contento de su riqueza si otros son abyectamente pobres. Y desde luego que no si, como en el caso de las antiguas potencias coloniales, en tiempos ha tenido la responsabilidad de pueblos menos afortunados; su obligación no concluyó cuando las colonias asumieron su autogobierno. En la mayor parte de África, en muchas partes de Asia y en buena parte de América Latina, la pobreza rigurosa sigue siendo endémica. La buena sociedad no puede situarse al margen de esa pobreza; debe estar en la conciencia de todos y su eliminación debe formar parte de la política de todos. El estado-nación no debe tratar de evadir sus responsabilidades mediante la aceptación de la fórmula que más habitualmente se utiliza para justificar el egoísmo y el interés propio: «Eso es otro país; esos no son nuestros problemas».
En los cincuenta últimos años los países pobres, las antiguas colonias, han recibido sin duda algo más que una ligera atención de los más afortunados. Parte de esta atención ha sido consecuente con la esperanza o el temor del comunismo. El más beneficioso e inteligente fue el papel operativo de la compasión, el sentimiento de que existía el deber de preocuparse. Esto no fue una minucia. Una fracción influyente del cuerpo electoral de los países ricos ha manifestado coherentemente su simpatía y sufragado la ayuda a los países pobres, como han hecho el Banco Mundial y otros organismos internacionales menores. Una buena sociedad apoya con firmeza este esfuerzo generalizado, pero también exige que la ayuda se dispense y utilice de manera eficaz. Lo cual no ha sido el caso siempre, quizás ni el habitual. En los primeros años de ayuda, después de la segunda guerra mundial y de la descolonización que ocurrió entonces, los nuevos países y los antiguos se unieron en la creencia de que escapar de la pobreza y pasar a una situación de desarrollo económico implica fundamentalmente la transferencia del equipamiento pesado del sistema económico desarrollado. A los países en vías de desarrollo, como se les denominó con optimismo, se enviaron las siderurgias, las plantas de energía eléctrica, las plantas químicas, las plantas de máquinas herramientas, que tan prominente rasgo eran de las economías maduras. Se pensó que esto era el progreso económico, el final de la pobreza. En realidad fue un gran error, un sueño huero. Se ignoraron o pasaron por alto dos grandes necesidades mencionadas con anterioridad: un orden político estable y la educación general de las masas. Las siderurgias, las plantas hidroeléctricas, los aeropuertos resplandecientes, asentados ahora entre gentes ignorantes, se convirtieron en estériles monumentos al error. y al fracaso. En tiempos más recientes esto se ha reconocido en alguna medida, conforme se ha ido haciendo evidente el papel del gobierno estable, honrado y real, y se ha comprendido la importancia de la educación. Sobre ésta, se hablará más adelante. Además, en los primeros días de la ayuda para el desarrollo, a menudo se omitió la agricultura; se puso el énfasis en las ciudades y sus habitantes. Allí fue donde se produjo el desarrollo. A menudo se fijaban los precios de los alimentos para favorecer al proletariado urbano, lo cual tuvo un efecto depresivo en la agricultura. Ha habido evidentes excepciones a esta política, de las que el principal ejemplo, como en tantas ocasiones, es India. Desde la independencia, la población india se ha algo más que duplicado, pero, gracias a los cereales híbridos, los fertilizantes, los regadíos y otros dispositivos hidráulicos y agrícolas, más los precios asegurados para los campesinos, también se ha duplicado la producción de alimentos.