De una pelota de papel o bien de los prejuicios

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Debía de ser abril o mayo de 1956, en Trieste. Estábamos en el instituto y, durante la clase de griego, mi compañero, Cecovini, tiró una pelota de papel que acabó su trayectoria, inopinadamente, en la cabeza calva del profesor, que estaba inclinado en la mesa pasando lista. El profesor levantó los ojos, vio delante al alumno que se sentaba en la primera fila, De Cola, y lo identificó sin titubeos e inmediatamente con el autor del lanzamiento. «Tú, querido De Cola, que tanto te diviertes tirando pelotas de papel. » El acusado protestó y esgrimió vivamente su inocencia, pero en vano, porque el profesor seguía diciéndole, impertérrito y afable: «Claro, claro, querido De Cola, tú tienes la costumbre de tirar pelotas de papel, lo sé. , te gusta hacer de Pándaro, el arquero troyano, eh. »

Algunos minutos después el verdadero culpable, como hombre de honor que era, se levantó y dijo: «Profesor, he sido yo.» A lo que el maestro, echándole un vistazo distraído, replicó: «Ah, sí, has sido tú, de acuerdo. , pero tú también, De Cola, con tu manía de tirar pelotas de papel. » Desde aquel día, cada vez que entraba en clase, nuestro profesor de griego, gran conocedor y maestro de su materia, apostrofaba de inmediato a De Cola: «Tú que tiras siempre pelotas de papel., ya sé, ya sé que aquella vez fue Cecovini, pero tú también, con esa pésima costumbre. »

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