No contar todo by Emiliano Monge — Read

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Sin haber dormido un solo minuto durante las últimas dos noches que todavía pasara en León, en total, fueron casi cincuenta horas de desvelo -cincuenta horas en las que Emiliano fue o cree que fue al estadio de beisbol, donde se ahogó en cerveza y se peleó o cree que se peleó con la mascota del equipo; cincuenta horas en las que perdió los audífonos y el aparato que, originalmente, sólo tenía que haber viajado a Chichihualco, se compró otro reproductor en una de esas tiendas de electrónicos que hay por toda la provincia y donde los tres productos estrella siempre eran los mismos: extensiones, pilas y cajas de cedés, para poder seguir escuchando "Paranoid Android", "No Surprises" y "Let Down" como un maniaco; cincuenta horas en las que no hizo otra cosa que pensar, sin importar qué estuviera haciendo su cuerpo y aún a pesar de no estar pensando en serio, es decir, de no estar dialogando con el flujo de su mente, en lo que haría si él supiera escultura: una máscara de cera, un negativo color rojo de su abuelo, y en lo que contaría sobre la muerte de ese mismo abuelo si se pusiera, alguna vez, a escribirla; cincuenta horas en las que Emiliano fue, además, un espectador, un testigo mudo e impotente del revolverse de sus ansias, su coraje, el estupor, el miedo, la tristeza y la soledad que habían removido dentro de su vientre los hechos de la última semana; cincuenta horas en las que no logró soltarse del recuerdo de las palabras que su abuelo había dejado en sus diarios ni logró tampoco arrancarse las historias que Carlos Monge McKey había inventado y habitado enfrente de él, durante todos esos años-, ni haber tampoco conciliado el sueño en el camión que lo llevó hasta el Distrito Federal o en el taxi que tomó en la estación, Emiliano se detiene ante la puerta de su casa, o delante, más bien, de esta otra puerta que de pronto es una superficie en la que escribe la misma frase que se ha dicho una y otra vez durante las últimas horas: no es de un lugar de donde escapa quien no ha estado.

Sacando su llavero, Emiliano gira la chapa y arrastrando sus maletas, la de sus cosas y esta otra que trae las que antes fueron de su abuelo, pasa delante de las puertas uno, doce, dos y once. Antes, sin embargo, de pararse ante la suya, aspira una larga bocanada y deja que sus párpados se cierren -es un segundo que le muestra los recuerdos que creía haber perdido: allí están esas últimas palabras que su abuelo escribiera un día en sus diarios: Escribo esto alumbrado por las llamas que se elevan hacia el cielo y que crepitan incendiando mis despojos. Finalmente me he marchado; aquí está el cuarto en que pasara Carlos Monge McKey los últimos días de la última vida que viviera; acá está el cuarto que inventara ese hombre que había sido su cuarto y la casa que inventara que había sido su casa; ahí el segundo en el que él, Emiliano, alcoholizado, libera las palomas de Carlos Monge McKey; allí el momento en el cual, con la conciencia vuelta una tiza ardiente por la coca que entumía su borrachera, Emiliano se levanta de una silla, empuja la mesa y se lanza contra el hombre que le había prestado, a su abuelo, este restaurante; aquí el fragmento que le permite a Emiliano ver la mano de Mireya, quien lo arrastra hacia la calle al mismo tiempo que lo arrastra a otro universo; acá el destello que lo muestra en los servicios de emergencia, en la farmacia y en un baño, y ahí el flashazo que lo hace verse en la cama de Mireya, aseverando no venir de ningún hombre que haya sido el que había sido.

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