Explore "No contar todo" by Emiliano Monge on Textopian. Read with annotations and highlights.
Y es que dos años y medio después -tiempo en el cual, Emiliano, viajará por primera vez a Europa, con apenas unos cuantos billetes y eligiendo las ciudades bajo un único criterio: que hubiera ahí algún amigo de su padre, algún escultor que le prestara un estudio; en el cual habrá de trabajar, durante casi cuatro meses, recogiendo plástico con dos senegaleses, Modou y Cheikh, quienes habrán de darle techo y a los cuales conocería viendo un partido de futbol, en un precario bar del extrarradio de Milán; en el cual, poco antes de volver de su viaje europeo, con lo puesto y hecho mierda, habrá de reencontrarse con su padre, quien, en un acto de intempestiva generosidad para con su hijo, es decir, en un acto de generosidad enteramente Monge, lo invitará a comer pizza con él y le pagará unos cigarros: Si quieres pide tres paquetes, dirá Carlos Monge Sánchez: para eso soy tu padre, rematará orgulloso; en el que, apenas haber vuelto de Europa, Emiliano le contará a Ruth, con quien todavía seguía acostándose a veces, que su viaje había sido extraordinario, pues había conocido a una mujer, una pintora senegalesa, con quien había estado viviendo en Milán; en el cual, aseguró ante el mundo una vez que hubo regresado, que los meses en Europa había trabajado con un escritor senegalés, hijo de un amigo de su padre; en el que hará creer a todos sus amigos que, en los meses que siguieron a su viaje, había escrito una novela, una novela que no podía enseñarles porque estaba en manos de un famoso editor, que tras haber leído un cuento suyo había decidido encontrarlo y preguntarle si no tendría una novela; en el cual empezará a escribir la primer novela a la que habrá de poner fin, esa novela que, tiempo después, tras reescribir cien veces, acabaría publicando a pesar de que sabía que no debía ser publicada; en el que habrá de dar posada a su hermano mayor las tres últimas veces que se extravíe al interior de su cabeza; en el cual habrá de obsesionarse con la imagen que anidará en su cabeza tras observar a Diego, su otro hermano, actuando: cada noche, desde entonces, no podrá sino evocar a este hermano suyo, atropellado por un tren que le amputa las dos piernas; en el que conocerá a la primera Paula de su vida, una mujer cuyo cuerpo le impondrá tanto temor que tendrá que esconderse, cada vez que vayan a acostarse, en el baño, donde habrá de masturbarse, convenciéndose a sí mismo de que así aguantaría más y de que no hará el ridículo ante ella, un ridículo que, sin embargo, habrá de hacer durante meses; en el cual convencerá a Fabiola de que tiene un problema en el prepucio y que por eso, antes de tener sexo con ella, debe entrar al baño y embarrarse una crema que es mejor que no huela porque apesta: se extenderá por mucho tiempo el onanismo precoito; en el que, tras haber intercambiado cartas con ellos a lo largo de un año, dejará de contestarles a Modou y a Cheikh después de que le pidan ayuda financiera; en el cual se empleará como editor en un gigante editorial al que no fue nunca a trabajar el hombre que era; en el que dejará de ver a sus amigos y también a su familia, durante meses, no porque Paula, con quien había regresado tras los meses con Fabiola, se lo hubiera exigido, como le dijo a los demás, sino porque ellos, los demás, podían contarle a ella quién era el Emiliano verdadero, que no era pues ese muchacho que fingía desayunar feliz su agua de coco: Es el único líquido que tiene la misma densidad salina de la sangre, que parecía gozar las clases de yoga y que una noche, tras encontrarse una rata muerta, la enterró y le cantó, tomando a Paula de la mano, una canción que prometía una mejor reencarnación; en el cual, una mañana cualquiera, empezó Emiliano a sentir, por primera vez en mucho tiempo, malestares físicamente ciertos: taquicardias, temblores en las manos, sudoraciones, ansiedad, voracidad, pérdida apurada de peso, pérdidas de orina por la noche y sueños húmedos cada vez más habituales; en el que acabará, una mañana, de hartarse de Paula, de su forma de habitar su universo y hasta del tono de su voz; en el cual irá recuperando, poco a poco, a sus amigos y familia, sobre todo a Damián, Rafael, Tere, Trueta y Alejandro; en el cual se hartó de ser el que había estado siendo en su trabajo y renunció de un día para otro; en el que conoció a Nigeria: esa mujer que nunca le gustó, ni física ni emocional ni ontológicamente, pero con quien, de pronto, ya estaba viviendo: la soledad, mejor dicho: el vacío en casa y en las horas que unos llaman muertas le resultaba aún menos agradable física, emocional y ontológicamente pues lo obligaba a quedarse consigo, o no: lo obligaba a hablarse a sí mismo, a contarse sólo a sí mismo, sin un público entregado y creyente; en el cual renunció a sus dos siguientes trabajos, antes de haber cumplido un mes siquiera, y en el que empezó a retrasarse con todos sus pagos: la renta, el agua, el teléfono y los bancos- de que Emiliano haya empezado a desdoblarse, cuando de León y de sus días nebulosos ya no quede sino apenas una bruma y un ruido de fondo, el del latido que creía haber amaestrado, el del presentimiento que creía haber vencido, se verá obligado a erigir otro universo.
Un universo que habrá de levantar tan apurada, tan insospechada y a la vez tan instrumentalmente, como antes erigiera esos otros universos que habitara. Un nuevo universo que será, además, fundado con ayuda, una ayuda inesperada.