Explore "La Piedra Angular" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
El hombre que se había consultado con Moragas, no extrañó, al salir de casa del Doctor, el no encontrar a su hijo. Sabía que el rapaz era aficionado a dormir hasta muy tarde, mejor dicho, a estarse en la cama soñando despierto, y achacó la inexactitud a pereza. Ya parecería en casa de Rufino… o donde Dios dispusiese.
Tomó el enfermo calle arriba. Al pasar por delante del edificio que encierra a la vez el Gobierno civil y el Teatro de Marineda, un instinto o un hábito le impulsó a buscar la sombra de los soportales, y antes de llegar a la calle Mayor, que se columbraba a poca distancia rehirviendo en gente y llena de animación, giró hacia la izquierda y metiose bajo otra fila de arcos, que forman la soportalada del muelle. Era aquello el reverso de la medalla; no cabía más marcado contraste que el de las tiendas de la calle Mayor -surtidas, desahogadas, luciendo hermosos escaparates de altos vidrios, bien alumbradas de noche por el claro gas- con los pobres tenduchos y figones, y las sospechosas aguardenterías de las arcadas de la Marina, donde celebraban sus conventículos cargadores, pescantinas, habaneros recién desembarcados, vestidos de dril y con el rostro color de caoba, soldadetes y carreteros del barrio de la Olmeda, que antes de picar a su yugada para que arrastrase el horrible peso de los bocoyes que abrumaban el carro, aguijaban su propia brutalidad con una dosis de alcohol…