Explore "La Piedra Angular" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Rojo se tambaleó. Aquello era peor que lo del saludo al magistrado y lo de las altanerías del Alcalde. El magistrado, al fin, aunque de la misma escala, era un funcionario superior, una persona de respeto… y podía desdeñarse de… ¡Pero que aquella hembra miserable, vergüenza de su sexo y ludibrio de la humanidad, tuviese a menos aceptar de él, no amistad ni trato, sino el servicio más casual, lo que se admite de cualquiera! ¡La Jarreta! ¡Vean ustedes quién le hacía ascos, a él! ¡La Jarreta, aquella barredura!
No contestó. La harpía continuaba vociferando. El insultado bajaba la cabeza y se internaba ya en la calle del Faro, en dirección al Faro mismo. Según adelantamos por esta calle, algo pendiente, dirigiéndonos al cementerio y viendo en lontananza, sobre el erguido promontorio, la misteriosa torre fenicia vestida por Carlos III con túnica neo-griega, las casas van siendo más pobres, más bajas, más irregulares, hasta que, cerca ya del cementerio, desaparecen por completo a la izquierda del arroyo, transformado en camino real, y sólo se divisa a la derecha hasta media docena de ranchos seguidos, compuestos sólo de una planta baja y un desván gatero, o fayado, como en Marineda suele decirse.