La Piedra Angular by Emilia Pardo Bazán — Read

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Y no pudo volver Moragas a la mañana siguiente, porque Nené amaneció enferma. Empezó por fiebrecilla catarral, y siguió por una de esas calenturas que en pocos días agotan la naturaleza de una criatura pequeña, como viva corriente de aire que activa la combustión de delgado cirio. Se marchitaron las mejillas de Nené; leve capa vidriosa cubrió sus dulces pupilas negras; sus manitas enflaquecieron, descubriendo los tiernos huesecillos bajo la piel flácida. El Doctor lo olvidó todo; encerrose con la criatura; no revolvió libros, porque comprendía los orígenes del mal, pero se abrazó con él cuerpo a cuerpo, y a fuerza de reconstituyentes y de cuidados exquisitos, empezó Nené a manifestar una sombra de mejoría. Y la mejoría se fue graduando, y se iniciaron los antojitos de golosinas y de juguetes… Moragas entrevió la posibilidad de llevarse a su niña a la Erbeda, y allí restaurarla por completo en fuerzas, en alegría y en vitalidad. «Tenemos Nené», le decían sus estudios y le repetía la esperanza. Un día salió disparado a comprar un juguete nuevo, norte-americano, unas enormes mariposas mecánicas que volaban solas; y al soltarlas en la habitación de la convaleciente, y oír que se reía de los aletazos que pegaban contra la pared los pintorreados mariposones, acordose por vez primera, con vago remordimiento del hijo de Juan Rajo.

Como toda persona impresionable, Moragas solía caer de la cumbre del entusiasmo al fondo del desaliento. En el camaranchón del verdugo le había parecido empresa fácil la del rehabilitar el chico, sacándole de la atmósfera de ignominia donde vegetaba.

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