Neoporfirismo, Hoy como ayer

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Desde que tomó por la fuerza el poder, Porfirio Díaz llevaba en mente poseerlo por encima de todo y durante el mayor tiempo posible. Nunca pensó realmente en regenerar la república como sostuvo en el Plan de Tuxtepec, reformado en Palo Blanco con la promesa de la no reelección. Por el contrario, el proceso de construcción de su régimen unipersonal y autoritario fue cancelando la posibilidad de crear una república verdaderamente democrática y dejó como herencia una forma de hacer política que ha sido la causa principal de los males que más de un siglo después aún impiden el progreso de México y la felicidad de su pueblo.

A diferencia de los gobiernos de Benito Juárez y de Sebastián Lerdo de Tejada, que procuraron respetar la legalidad, las libertades y los derechos políticos, Porfirio tomó por asalto el poder, estableció una república simulada e impuso, en los hechos, una dictadura. Desde 1867 hasta que vencen los porfiristas al ejército del gobierno de Lerdo en la batalla de Tecoac, Tlaxcala, en 1876, ninguna voluntad había sido suficientemente poderosa para sobreponerse a las prescripciones legales. En todo ese tiempo ni un solo instante dejaron de funcionar los poderes de la federación, en la esfera de sus respectivas atribuciones. El Poder Legislativo no sólo inauguró y clausuró sus sesiones en el día y en la forma que marcaba la Constitución, sino que casi siempre fue un foro abierto a la discusión y al análisis de los grandes problemas nacionales. La Suprema Corte de Justicia tuvo la -que hoy parecería- "arrogancia" de actuar con libertad frente a los otros dos poderes. Y qué decir del Ejecutivo:

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