Neoporfirismo, Hoy como ayer

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El Porfiriato fue una dictadura de principio a fin, pese a que la mayoría de los analistas contemporáneos soslaya este concepto, que los historiadores más rigurosos aplican sólo a partir del momento en que Díaz, en 1888, se consolida en el poder. Es cierto que en 1876, cuando derrota militarmente a Lerdo, carece de experiencia de gobierno, pero la estrategia que desarrolla para enquistarse en la Presidencia revela, ya desde entonces, que tenía una idea clara de cómo imponer su autoridad con el uso de la fuerza y un instinto nato para disfrazar su concepción cínica y pragmática del poder con medidas de simple formalidad y vil disimulo.

Las ansias de poder absoluto de Porfirio se advierten con claridad desde los primeros días de su largo mandato. Por ejemplo, el 23 de noviembre hace su entrada triunfal a la ciudad de México, pero rápido inicia en sigilo los preparativos militares para ir a aplastar en Querétaro a la débil resistencia representada por José María Iglesias, a quien sus seguidores habían nombrado presidente interino. Es más, en el Plan de Palo Blanco, que reformó el artículo sexto del plan original de Tuxtepec, los porfiristas habían hecho el compromiso de que al triunfo del movimiento rebelde, la presidencia interina recaería en Iglesias, en su carácter de presidente de la Corte. Sin embargo, una vez que asume el poder, Porfirio opta por romper cualquier posibilidad de entendimiento con Iglesias, lo cual le hubiera dado la legitimidad necesaria para arribar al gobierno mediante la celebración de elecciones.

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