Neoporfirismo, Hoy como ayer

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De no ser por los telegramas y cartas de su archivo, podría haberse justificado la idea que algunos intelectuales difundieron profusamente en su tiempo y que otros siguen manejando hasta el día de hoy, acerca de que Porfirio fue un gran político. Es cierto que no sólo encarnaba la fuerza bruta, tenía oficio y sabía del manejo político, pero lo esencial en él era su vocación de mando sin límite. Su mérito fue saber esconder esa autenticidad como pocos, al grado que en el proceso de construcción del poder absoluto que detentó, fue creando una cultura política caracterizada por el disimulo. Porfirio no inventó, desde luego, esta práctica milenaria de la política en el mundo, pero es uno de sus más destacados exponentes y ejecutores.

Así se explica que desde el inicio de su mandato haya dado muestras de moderación y buen juicio. Sus seguidores aseguran que antes del "error" de "mátalos en caliente", sólo había sido fusilado uno de los cabecillas rebeldes y que trató con exquisitez a los jefes militares vencidos, de modo que los políticos iglesistas y lerdistas terminaron adhiriéndose a su gobierno. De la lista de indultos y buen trato, en los casos de los militares, destacan: Carlos Fuero, Ignacio Revueltas, José Ceballos, Ignacio Mejía y Mariano Escobedo. Carlos Fuero, había vencido a Porfirio, el 20 de mayo de 1876, en la batalla de Icamole, Nuevo León. Según la leyenda, luego de la derrota, Porfirio se soltó en llanto frente a sus soldados. De ahí que se le conociera como el "llorón de Icamole". Sin embargo, el general Carlos Fuero, luego del derrumbe del lerdismo fue rehabilitado por Porfirio y ocupó, hasta su muerte, importantes cargos militares y políticos.

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