Neoporfirismo, Hoy como ayer

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Con el regreso de Porfirio a la Presidencia se terminaron de definir y articular los elementos que configuran un régimen dictatorial. Para entonces, él estaba completamente convencido de que el poder se obtiene y se conserva con la fuerza, pero debe ejercerse con la mayor simulación. En esto último fue un gran maestro, hizo escuela y sus enseñanzas aún siguen vigentes. Aunque, insisto, sus mañas nunca se hubieran convertido en doctrina sin la práctica autoritaria. Durante su segundo mandato formal, entre 1884 y 1888, el gobierno es por entero castrense. A diferencia de la concepción civilista de Juárez y de Lerdo, el poder se ejerce desde los cuarteles. A finales de 1885, había nada más 12 gobernadores civiles y muchos de ellos estaban cuidando la silla o sometidos al militar de confianza del Jefe Supremo. Éste prefería a sus compañeros de armas por tres razones: "aplomo", disciplina y obediencia.

El credo político de los militares era simple: "El jefe es el jefe" y hay que acatar y cumplir sus órdenes, como se advierte con claridad en una carta que le envía el general Albino Zertuche, gobernador de Oaxaca, al también general Rosendo Márquez, gobernador de Puebla, para informarle que "el señor general Díaz tuvo la bondad de señalarme como candidato oficial para el gobierno del estado, y él, a su vez, se sirvió elegirme unánimemente". El propio Márquez, cuando Porfirio le sugería algo, contestaba: "Sabe, señor, que la menor indicación suya es una orden para mí". De ese mismo tenor es la actitud del general Juan de la Luz Enríquez, gobernador de Veracruz, quien cuando Porfirio le pide un distrito para un diputado federal, responde: "Los compromisos y los deseos de usted son los míos". Y así por el estilo.

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