Neoporfirismo, Hoy como ayer

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Una vez resuelto el asunto de la deuda, que se consideraba fundamental para la obtención del crédito y de la inversión extranjera, Porfirio tuvo tiempo suficiente para atender su proyecto político con miras a perpetuarse en el poder. Lo primero que necesitaba era evitar que nadie sobresaliera en la escena pública. De modo que su principal blanco fue, precisamente, Manuel González, el único que tenía alguna posibilidad de competirle y, por eso mismo, no podía borrarlo del todo, sino debilitarlo hasta hacerle entender que entre los dos sobraba uno. El plan para socavar políticamente a González había comenzado, como hemos visto, desde la crisis del níquel y de la deuda inglesa, en la cual si bien Porfirio no intervino de manera directa, lo dejó solo frente al descontento popular, negó que estuviera detrás y no lo defendió.

Pero del disimulo, Porfirio pasó a la acción, inaugurando lo que se haría famoso con el tiempo: La práctica de denostar al presidente saliente para exaltar al entrante. El descrédito de González fue alentado al máximo; se dejaron correr rumores sobre su falta de honestidad y la de sus colaboradores cercanos. La prensa oficiosa que antes le quemaba incienso, le volteó la espalda y se convirtió en su principal detractora. Uno a uno se fueron deslindando los periodistas que habían figurado como sus amigos y en poco tiempo se volvió el malvado preferido. En esta operación de linchamiento político mucho tuvo que ver el secretario de Gobernación, Manuel Romero Rubio, a quien Porfirio utilizó engañándolo con la idea de que como él no se podía volver a reelegir después de su segundo cuatrienio, la próxima candidatura presidencial podría ser para él, que además era su suegro, o de nuevo para Manuel González.

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