Neoporfirismo, Hoy como ayer

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Con estos criterios generales y otros específicos, se llevó a la práctica la política económica porfirista. Lo primero fue entregar en propiedad grandes extensiones de terrenos nacionales, considerados como "baldíos", incluyendo las tierras que pertenecían a las comunidades indígenas desde la época prehispánica, que incluso habían sido reconocidas y respetadas durante tres siglos de dominación colonial. Esta impresionante operación de acaparamiento de la propiedad territorial del país en pocas manos, repetimos, se apoyó en la idea concebida por los gobiernos de Juárez y Lerdo de tratar de salir del estancamiento económico poblando el territorio nacional con migrantes extranjeros. Retomando esta idea, en 1883, Manuel González promulga una Ley de Colonización inspirada en los principios de la que expidió Lerdo en 1875.

Aquella estipulaba que, para obtener los terrenos necesarios en donde se asentarían los colonos, el Ejecutivo mandaría a deslindar, medir, fraccionar y valuar los terrenos baldíos o de propiedad nacional que hubiese en la República. Se especificaba que, a las compañías encargadas de estas tareas, se les daría la tercera parte de las tierras que deslindaran para compensarlas por los gastos que hicieran al habilitarlas. Sin embargo, la ley limitaba a 2 mil 500 hectáreas la enajenación de los terrenos baldíos. Con fundamento en esta legislación se inició lo que llegó a conocerse como "el derroche de baldíos". Los hombres de la Reforma posiblemente no imaginaron que su interés colonizador sería manipulado de tal modo que permitiría al gobierno de Díaz enajenar, sin límites, el suelo patrio en beneficio de un puñado de especuladores y traficantes de influencias. La colonización fracasó porque sólo vinieron unos cuantos extranjeros.

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