El hombre que amaba a los perros

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Aquellas semanas porfiadamente primaverales y tan vertiginosas de marzo y abril de 1937 pasarían a la memoria de Ramón Mercader como un período oscuro, en el que se confundieron todas sus perspectivas, pero del que saldría abruptamente para topar con la claridad más resplandeciente: la de su sólida convicción de que la impiedad era necesaria para alcanzar la victoria.

A la desaparición de África había seguido la de Kótov (¿o habían sido coincidentes? ), quien antes de irse le había dejado a Ramón unas órdenes que lo confinaban en el palacio del marqués de Villota, donde en algún momento sería reclamado por un colega del asesor que se le presentaría como Máximus. Su estricto sentido de la responsabilidad lo conminó a permanecer a la espera y gastó sus ratos de ocio en compañía del joven Luis, con el que solía jugar al fútbol, y, siempre que le resultaba factible, entregando un poco de placer a aquella Lena Imbert de ojos tristes, con la que se encerraba en la caballeriza del palacio, donde él había colocado una estufa y una cama. Aunque en los primeros días agradeció aquel paréntesis que le permitía recuperarse de las tensiones, hambres y noches de insomnio de los cuatro meses que había pasado en el frente, pronto se sintió atrapado por la inactividad y empezó a pensar si Caridad, luego de la muerte del joven Pablo, no había movido sus influencias para sustraerlo de los peligros de la guerra y llevarlo a aquella Barcelona donde, a pesar de las profecías de Kótov, todo parecía reducirse a ofensas gritadas y consignas compulsivas, a complots subterráneos, reuniones secretas y algún que otro fusilamiento, cuanto más sumario mejor, a los que parecían adictos tanto los extremistas republicanos como los fascistas.

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