El hombre que amaba a los perros

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Sabía que tramaban alguna cosa, y por eso decidió hacerse el dormido: desde la cama rígida donde trataba de mitigar los dolores del ataque de lumbalgia y entre la niebla de su miopía, distinguió a Seriozha que, con pasos sigilosos, entraba en las estancias del Kremlin convertidas en el apartamento de la familia desde que el gobierno se trasladara a Moscú. El muchacho cargaba en sus brazos lo que parecía ser una caja de sardinas, con las tablillas blanqueadas con agua de cal. Una tira de tela roja -Seriozha le confesaría que había cortado una bandera, uno de los pocos artículos asequibles en aquellos tiempos- pretendía armar un lazo para darle al envoltorio el aspecto de regalo. Desde la cama también pudo entrever, asomados a la puerta, los rostros cómplices de Natalia, Liova, Nina y Zina, mientras el pequeño Seriozha avanzaba hacia él.

Aquel día, Liev Davídovich cumplía los cuarenta y cinco años y la Revolución de Octubre el séptimo aniversario. Su mujer y sus hijos habían decidido hacerle el mejor regalo que tenían a su alcance, el obsequio que, bien lo sabían, más podría satisfacerlo. Por eso, cuando el homenajeado al fin se incorporó, rodeado por la familia, pudo adivinar lo que contenía aquella inquieta caja de sardinas: cuando consiguió soltar el lazo, levantó la tapa y exageró su asombro al ver la pelota de pelo blanco y rojizo que alzó la cabeza hacia él.

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