El hombre que amaba a los perros

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Los acontecimientos que se habían sucedido a partir del 26 de agosto de 1936 le revelaron diáfanamente las muchas veces inextricables razones de por qué Stalin aún no le había roto el cuello. Enfrascado desde ese día en un combate ciego, Liev Davídovich había comprendido que el juego macabro del Gran Líder todavía exigía su presencia, pues su espalda tenía que servirle como catapulta en su carrera hacia las cumbres más inaccesibles del poder imperial. Y al mismo tiempo había comprendido que, agotada aquella utilidad de enemigo perfecto, realizadas todas las mutilaciones requeridas, Stalin fijaría el momento de una muerte que entonces llegaría con la misma inexorabilidad con que cae la nieve en el invierno siberiano.

Unos meses antes, previendo algún incidente que complicara las delicadas condiciones de su asilo, Liev Davídovich había comenzado a eliminar cualquier argumento que las autoridades noruegas pudieran esgrimir contra él. Más que la agresividad del partido pronazi del comandante Quisling, lo alarmaba la creciente virulencia de los estalinistas locales, quienes habían sumado a sus ataques un rumor inquietante: con machacona insistencia advertían que «el contrarrevolucionario Trotski» utilizaba a Noruega como «base para las actividades terroristas dirigidas contra la Unión Soviética y sus líderes». Su olfato entrenado le había advertido que la acusación no era fruto de una cosecha local, sino que venía de más lejos y escondía fines más tenebrosos. Por ello le había pedido a Liova y a sus seguidores que borrasen su nombre del ejecutivo de la IV Internacional, al tiempo que decidía dejar de conceder entrevistas y hasta abstenerse de participar, como simple espectador, en ningún acto político de la campaña parlamentaria de su anfitrión Konrad Knudsen. Su relación con el mundo exterior se redujo a las salidas que, una vez a la semana, Natalia y él hacían con los Knudsen a Honefoss, donde solían cenar en restaurantes baratos para luego gastar el resto de la noche en un cine, disfrutando de alguna de esas comedias de los hermanos Marx que tanto le gustaban a Natalia Sedova.

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