Explore "El hombre que amaba a los perros" by Padura, Leonardo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Román Pávlovich sonrió, como si volviera a la vida, cuando Grigóriev le descifró los caracteres cirílicos y leyó el nombre estampado en el pasaporte: R-O-M-Á-N P-Á-V-L-O-V-I-C-H L-O-P-O-V. El soviético había ido moviendo el índice sobre las letras y el recién bautizado Román, hijo de Pablo, después de sonreír, se mantuvo observando con detenimiento los signos rígidos y distantes, mientras luchaba por grabarlos en su mente. En la foto del pasaporte, tomada en un sótano del edificio que ocupaba la Embajada soviética en Valencia, parecía mayor, como si se hubiera transformado desde la última vez que se vio en un espejo: pero le gustó la cara de Román Pávlovich, más recia, como hecha por la vida agreste del Cáucaso donde, según el documento, había nacido. Entonces Grigóriev extendió la mano, con una tensión exigente, y él le devolvió el pasaporte con la sensación de que se desprendía de un pedazo de su alma.
Desde que aterrizaron en el aeropuerto militar, Román Pávlovich había sentido cómo caía en un mundo impenetrable. El idioma ruso lo había rodeado con la misma densidad que el hedor áspero y oleaginoso exhalado por los oficiales que los habían llevado a una habitación demasiado cerrada, donde Grigóriev sostuvo una breve entrevista con dos de ellos. Ahora, acomodado en el asiento posterior del auto que compartía con Grigóriev, sentía cómo su olfato se limpiaba con el aire tibio que penetraba por la ventanilla y, con la caricia de su idioma, volvía a recuperar cierto equilibrio.