El hombre que amaba a los perros

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A lo largo de la última semana de noviembre y el mes de diciembre de 1977 tuve seis encuentros, todos pactados de antemano, con el hombre que amaba a los perros. El invierno, indeciso, se iría disolviendo hasta el fin de año en dos o tres frentes fríos que se agotaron en su tránsito sobre el Golfo de México y solo trajeron a la isla alguna llovizna incapaz de alterar los termómetros y unas olas turbias que quebraron la placidez del mar ante el cual sostuvimos nuestras conversaciones. Arrastrado por las palabras del hombre, yo corría de mi trabajo a la playa y apenas si pensaba en otra cosa que en el nuevo encuentro acordado. Oír y tratar de deglutir aquella historia donde casi todas las peripecias constituían revelaciones de una realidad sepultada, de una verdad ni siquiera imaginada por mí y por las personas que yo conocía, se había convertido en una obsesión. Lo que iba descubriendo mientras lo escuchaba, sumado a lo que había comenzado a leer, me turbaba profundamente, mientras la llama de un miedo visceral me laceraba, sin que fuera capaz, a pesar de todo, de quemar mis deseos de saber.

Desde que el hombre empezó a dibujar el tránsito de su amigo Ramón Mercader, partiendo de su niñez y juventud en Barcelona, empezaron a abrírseme las puertas de un universo de cuya existencia hasta ese momento había tenido nociones vagas y ortodoxas, con tajantes divisiones entre buenos y malos, pero cuyas entretelas desconocía: profesiones de una fe sincera y devoradora mezcladas con intrigas, juegos sucios, mentiras siempre creídas verdades y verdades nunca sospechadas, que alumbraban mi inocencia y mi ignorancia con unos flashazos deslumbrantes. A medida que López avanzaba en la historia, en varias ocasiones estuve a punto de rebatirle, de gritarle que aquello no podía ser, pero siempre me contuve y me limité a hacer alguna pregunta cuando mi credibilidad o mi entendimiento se sentían superados, y seguí escuchando una narración que derretía muchas creencias y recolocaba otras de las nociones que me habían inculcado.

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