Explore "El hombre que amaba a los perros" by Padura, Leonardo on Textopian. Read with annotations and highlights.
¿Qué sensaciones lo acompañaron cuando vio levantarse sobre la línea del horizonte la silueta de la interrogación más absoluta? Observó aquel mar de una transparencia refulgente, capaz de herir las pupilas, y seguramente pensó que, a diferencia de Hernán Cortés, lanzado sobre aquella tierra ignota en busca de gloria y poder, él, si acaso, podía aspirar a encontrar allí un punto de apoyo para los días finales de su existencia y la grotesca posibilidad de reivindicar un pasado donde ya había alcanzado y agotado su cuota de gloria y poder, de furia y esperanzas.
Veinte días había durado la navegación de pesadilla. Desde que abordaron el Ruth y sus sirenas lanzaron el quejido de despedida hacia la agreste costa noruega, aquel carguero que desde sus cisternas regurgitaba el vaho malsano del petróleo se había convertido en una prolongación aún más encarnizada del encierro sufrido en el fiordo desolado. A pesar de que Liev Davídovich, Natalia y la escolta policial eran los únicos pasajeros de la embarcación, el inevitable Jonas Die y sus hombres se encargaron de mantener aislados a los deportados, impidiéndoles la comunicación por radio y vigilándolos incluso cuando se sentaban a la mesa del capitán Hagbert Wagge, tan orgulloso de llevar a bordo aquel pedazo de historia. Confinados en la cabina del comandante, Liev Davídovich y Natalia pasaron los días leyendo los pocos libros sobre México que habían conseguido gracias a Konrad Knudsen, tratando de vislumbrar lo que les aguardaba en aquel Nuevo Mundo, siempre violento y exaltado, donde el precio de la vida podía ser una simple mirada mal recibida y donde, según sabían, nadie los esperaba.