El hombre que amaba a los perros

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De las infinitas batallas que había librado, ¿cuál recordaba como la más ardua? ¿Las que tuvo con Lenin en los días de la escisión entre bolcheviques y mencheviques? ¿Las tensas y dramáticas de 1917, cuando se decidía el nacimiento o el aborto de la revolución? ¿Las furiosas de la guerra civil, siempre abocadas a la violencia fratricida? ¿Las mezquinas de la sucesión y por el control del partido? ¿Las de la supervivencia física y política en aquellos años de exilio y marginación? ¿Y cuál había sido su contendiente más temible: Lenin, Plejánov, Stalin? Cuando Liev Davídovich miraba la hoja en blanco sobre la que no se atrevía a colocar la pluma, pensaba: No, la batalla nunca ha sido tan ardua ni el contrincante tan escabroso, pues jamás se había visto obligado a luchar por algo tan esencial.

Desde que Natalia Sedova dejó la Casa Azul y él se refugiara con los guardaespaldas en una cabaña de las colinas de San Miguel Regla, pretextando la necesidad de ejercicios físicos, pero tan urgido de poner distancia con la Casa Azul como de cocinarse en la soledad de su desesperación y vergüenza, había estado buscando el modo más elegante de concretar un acercamiento con su mujer a sabiendas de que su dignidad debía ser la primera pieza que tendría que sacrificar en aras del objetivo supremo.

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