Explore "El hombre que amaba a los perros" by Padura, Leonardo on Textopian. Read with annotations and highlights.
La Casa de los Sindicatos de Moscú es una obra maestra de la arquitectura rusa del siglo XIX. El arquitecto Kazakov había convertido el edificio del siglo XVIII en un club para la aristocracia moscovita, y en su lujoso Salón de las Columnas habían bailado, entre muchos, Pushkin, Lérmontov y Tolstói, e interpretado su música Chaikovski, Rimski-Korsakov, Liszt y Rajmáninov. Después de la revolución, la sala, de excelente acústica, se utilizó para reuniones del Partido y charlas de divulgación: allí se escuchó decenas de veces la voz de Lenin, allí se había montado la capilla de donde saldrían los restos del líder hacia el mausoleo de la plaza Roja. Pero Liev Davídovich estaba convencido de que el recinto iba a pasar a la posteridad por haber albergado las más grotescas farsas judiciales del siglo: y el 2 de marzo de aquel ya nefasto año de 1938, cuando volvieron a abrirse las puertas del Salón de las Columnas, él también sabía que la muerte regresaba al edificio histórico, dispuesta a recoger otra cosecha.
Desde que comenzaran a llorar el destino de su hijo Liova, Natalia y Liev Davídovich habían aprendido de manera demasiado dolorosa lo que significaba albergar una última esperanza, pues se habían aferrado a una: la vida de Seriozha. Aunque hacía meses que no habían vuelto a tener noticias del joven, el hecho de no saber si estaba muerto les permitió abrazar la improbable pero todavía concebible esperanza de que siguiese con vida. Su otra ilusión era Sieva: además de ellos, el niño era el único miembro de la familia que vivía fuera de la Unión Soviética, y le habían rogado a Jeanne que viniera con él a México, al menos por unos meses, y los ayudaran con su presencia a paliar el dolor por la pérdida sufrida.