El hombre que amaba a los perros

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Jacques Mornard sintió verdadera alegría cuando descubrió la figura magra de Sylvia Ageloff en el salón del aeropuerto. Iba ataviada con uno de aquellos vestidos negros que, por consejo de Gertrude Allison, había comenzado a usar desde su estancia en París, pues, según la librera, aquel color resaltaba la blancura de su piel. Desde entonces, tan consciente de su fealdad, la mujer había seguido el consejo con la esperanza de ofrecerle algo diferente a su adorado Jacques, sobre cuyo pecho se lanzó, estremecida de emoción.

La semana anterior, apenas comenzado el año 1940, Tom le había anunciado a Jacques la llegada a México del agente español Felipe, uno de los congelados tras la deserción de Orlov. Felipe volvía desde Moscú para hacerse cargo, como oficial operativo al frente de la acción, del grupo de mexicanos, excombatientes en España, que se preparaban para actuar contra el renegado. El español, que había sido convertido en un equívoco judío francés, ¿o polaco? , sería para sus subordinados locales un personaje que ni siquiera tendría nombre: apenas sería el Camarada Judío. Griguliévich, que todo el tiempo se había mantenido a la sombra, pasaría a Felipe los hilos de aquella trama, mientras Tom comenzaba a estimar y preparar otras eventuales acciones. La segunda noticia alentadora había sido que, si todo funcionaba según lo previsto, el espía norteamericano llegaría en dos, tres meses a lo sumo, para sustituir a alguno de los guardaespaldas cuyo tiempo de servicio en la casa del exiliado estaba por cumplirse. Tom le había asegurado que el operativo entraba en la etapa de ajustes, pero cuidándose de mencionarle que en aquel momento Jacques Mornard había pasado a una segunda o tercera línea de ataque: sus acciones habían vuelto a bajar.

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