El hombre que amaba a los perros

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El 2 de mayo de 1939, los Trotski mudaron las camas, la mesa de trabajo, y pusieron carbón en las hornillas. La casa del número 19 de la avenida Viena era ya su casa. Aunque apenas significaba un cambio de cárcel, Liev Davídovich sintió que con aquel tránsito ganaba una enorme libertad. ¿Puedo sentirme feliz, tengo derecho a ese sentimiento humano? , se preguntaría al sentarse en su despacho y mirar en derredor: el patio que se veía desde la ventana estaba arruinado y las obras principales aún no habían concluido, pues, a pesar de la estricta administración de Natalia Sedova y el trabajo «estajanovista» de los secretarios, los fondos se habían agotado. Pero él no podía vivir un día más bajo el mismo techo que Rivera. En los dos últimos meses ni siquiera se habían hablado y él lamentaba el modo en que terminó aquella amistad, pues nunca podría olvidar que, por la razón que fuese, Rivera lo había ayudado a viajar a México, le había brindado su hospitalidad y contribuido a que recuperara el aliento luego de la terrible experiencia de los meses finales del exilio noruego.

Desde muy joven él había pensado que la peor de las agresiones a la condición humana es la humillación, porque desarma al individuo, agrede lo esencial de su dignidad. Él, que a lo largo de su vida había sufrido todos los insultos y calumnias posibles, nunca se había sentido tan al borde de la humillación como cuando Natalia y Jean van Heijenoort le impidieron, después de su último cumpleaños, abandonar la Casa Azul y gritarle a Rivera la repugnancia que le provocaban su exhibicionismo, sus poses de macho mexicano, su inconsistencia de payaso político. Hacía tiempo que sabía que si lo había acogido en su casa, y quizás hasta aceptado que su mujer se tendiese en su cama, solo había sido para utilizarlo como argumento de su pretendida heterodoxia, un trampolín hacia las páginas de los periódicos. Pero cuando las cosas alcanzaron el nivel que definitivamente debían alcanzar, su bondad condicionada se había deshecho y él había mostrado su verdadera catadura.

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