Explore "El hombre que amaba a los perros" by Padura, Leonardo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Jacques Mornard sintió que un frío erizamiento le recorría la espalda: Harold Robbins, sonriente, le franqueó el paso luego de estrecharle la mano. Con una bolsa de papel en una mano y vestido como si fuese a una excursión, atravesó el dintel de la fortaleza sin que el guardaespaldas se preocupara por ver qué cargaba en la bolsa. Cuando la puerta de metal plomizo se cerró, Ramón Mercader escuchó cómo la Historia caía postrada a sus pies.
Después del atentado de los mexicanos, había vuelto en dos ocasiones a la casa de Coyoacán para interesarse por el estado de sus moradores. Fue durante la segunda visita cuando le confirmaron que los Rosmer saldrían la tarde del 28 de mayo hacia Francia, desde el puerto de Veracruz y como, casualmente, antes de fin de mes él debía viajar a aquella ciudad por unos negocios, le propuso a Alfred Rosmer, con la venia de Robbins y Schüssler, encargarse de llevarlos, pues así ninguno de los guardaespaldas (dos de ellos seguían retenidos por la policía) tendría que alejarse de la casa, algo que era especialmente peligroso tras lo ocurrido la madrugada del 24.