El hombre que amaba a los perros

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La madrugada del 24 de mayo, mientras los disparos cruzaban sobre su cabeza, Liev Davídovich había tenido una iluminación: la muerte no podría tocarlo porque Natalia lo protegía.

Justo en ese instante revelador había escuchado la voz de Sieva y, con un miedo desconocido, que no incluía la posibilidad de perder su propia vida, había gritado: «¡Debajo de la cama, Sieva! », mientras Natalia lo inmovilizaba, comprimiéndolo hacia el ángulo de la habitación. Los disparos que debían matarlo y que habían llenado la noche de luces refulgentes venían del cuarto de Sieva, de la puerta del estudio y a través de la ventana del baño. Desde el rincón, pudo ver el vuelo de una bomba incendiaria hacia el recinto del nieto, pero no había intentado moverse, pues sobre ellos seguían pasando ráfagas que hacían saltar el relleno del colchón. En la pared, casi en la espalda, el condenado había sentido todo el tiempo el impacto de los plomos que buscaban su cuerpo. Finalmente escucharon voces, motores de auto, los disparos que se espaciaban. En ese momento casi había olvidado su convicción anterior, pues pensaba: van a entrar; ahora van a matarnos a los dos. Como sabía que no tendría alternativas, cerró los ojos, apretó las piernas y se dispuso a esperarlos. ¿Cuánto tiempo? ¿Dos, tres minutos? , se preguntaría después, porque fueron los más largos de su vida. Su mayor preocupación había sido la suerte de Sieva y, sobre todo, la de Natalia, que iba a morir por su culpa.

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