El hombre que amaba a los perros

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En el instante en que atravesó el umbral blindado de la fortaleza de Coyoacán y vio, en el centro del patio, la mesa cubierta con un mantel de vivos colores mexicanos, sintió cómo recuperaba el control de sí mismo. La ira que lo había acompañado durante todo el día se esfumó, como polvo barrido por el viento.

Desde que la noche anterior Ramón regresara al hotel, el regusto pastoso del coñac y el amargo de una rabia explosiva se le habían instalado en el estómago, induciéndolo al vómito. La conciencia de que su voluntad, la capacidad de decidir por sí mismo, se habían evaporado comenzaba a asediarlo y le llevaba a sentirse un instrumento de designios poderosos en cuyos mecanismos había sido engarzado, negándosele cualquier posibilidad de retroceso. La certeza de que dentro de tres, cuatro, cinco días entraría en la corriente turbia de la historia convertido en un asesino le provocaba una malsana mezcla de orgullo militante por la acción que realizaría y de repulsión hacia sí mismo por el modo en que debía acometerla. Varias veces se preguntó si no habría sido preferible, para él y para la causa, que su vida hubiera terminado bajo las orugas de un tanque italiano a las puertas de Madrid, como su hermano Pablo, antes que pensar que su misión solo sería la de drenar el odio que otros habían acumulado y, alevosamente, habían inoculado en su espíritu.

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