Explore "Los Hermanos Karamazov" by Fyodor Dostoevsky on Textopian. Read with annotations and highlights.
El cuerpo del padre Zósimo fue preparado para la inhumación ¿e acuerdo con el rito establecido. Sabido es que a los monjes y a los ascetas que mueren no se les baña. El Gran Ritual dice: «Cuando un monje recibe la llamada del Señor, el hermano designado por la comunidad frota su cuerpo con agua tibia, después de trazar con una esponja una cruz en su frente, otra en su pecho, una en cada mano, otras dos en sus pies y dos también en sus rodillas. Y nada más. a El padre Paisius se encargó de esta operación. Después puso al difunto el hábito monástico y otra vestidura ritual, rasgándola, como está prescrito, en forma de cruz. En la cabeza se le ajustó un capuchón en cuya cúspide había una cruz de ocho brazos, se cubrió su cara con un velo negro y se le puso en las manos una imagen del Salvador. Una vez vestido así el cadáver, se le colocó, aquella misma mañana, en un féretro que estaba construido desde hacia mucho tiempo. Se decidió dejarlo todo el día en la gran cámara que se utilizaba como salón. Como el difunto tenía la categoría ieroskhimonakh , había que leer no el salterio, sino el Evangelio. Después de la ceremonia fúnebre, el padre José empezó la lectura. El padre Paisius, que quería sustituirle en seguida para el resto de la jornada y para toda la noche, estaba en aquel momento tan atareado como el superior de la ermita.
Entre los monjes y los laicos que acudieron en masa se advirtió una agitación inaudita, incluso inconveniente, una actitud de espera febril. El superior y el padre Paisius hacían todo lo posible para calmar los espíritus sobreexcitados. Cuando la claridad del día lo permitió, se vio llegar a los fieles, transportando a sus enfermos, casi todos niños. Esperaban una curación inmediata, y su fe les decía que el milagro iba a producirse sin duda alguna. Entonces se vio hasta qué punto había considerado la gente como un verdadero santo al starets. No todos los que formaban aquella muchedumbre, ni mucho menos, pertenecían a las clases inferiores. La ávida a impaciente espera de aquellos creyentes, exhibida sin reserva alguna, rebasaba las previsiones del padre Paisius y lo escandalizaba. Al encontrarse con otros monjes, todos profundamente conmovidos, les dijo: