Amores by Ovid — Read

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Abandonando el lecho de su viejo esposo, ya se levanta del Océano la / rubicunda diosa que nos trae, el día en su carro de púrpura. ¿Adónde te / precipitas, Aurora? Detente, y así las aves caigan todos los años en / solemne sacrificio ante la sombra de Memnón. Deléitame reposar ahora en / los tiernos brazos de mi amada, y oprimir otra vez contra el mío su / pecho palpitante. Al amanecer, el sueño es delicioso, el aire frío, y el / ruiseñor modula las notas más argentinas de su tenue garganta. ¿Adónde / te precipitas? Eres poco grata a los mozos, y menos a las jóvenes; / recoge en tu purpúrea mano las riendas cuajadas de rocío. Antes de tu / aparición, el navegante observa mejor las estrellas y no navega perdido / en las olas. Levántase el viajero lleno de fatiga así que amaneces, y el / soldado empuña las armas belicosas. Tú ves la primera al labriego con / la azada al hombro, y la primera unces los tardíos bueyes bajo el doble / yugo; tú interrumpes el sueño de los niños y los diriges al aula. del / maestro, donde sus tiernas manos sufren los crueles latigazos de la / férula; tú llevas al tribunal la caución que puede padecer grave / detrimento por una sola palabra, siendo tan desfavorable al abogado, / como al juez, pues uno y otro se ven obligados a dejar el lecho para / entender en nuevos procesos; y tú, cuando las mujeres podrían olvidar en / el descanso las faenas, incitas sus manos laboriosas al hilado de la / lana. Todo esto lo soportaría; mas despertar de madrugada a las jóvenes, / ¿quién lo sufrirá sino el que no ame a ninguna? ¡Cuántas veces he / deseado que la noche no desapareciese a tu fulgor, y que las estrellas / fugitivas no se ocultaran en tu presencia! ¡Cuántas veces deseé que el / viento destrozase tu carro, o que cayera uno de sus corceles envuelto en / espesa nube! ¡Cruel!, ¿adónde corres? Si tuviste un hijo de piel / atezada, debía su obscuro color al corazón de su madre. ¡Como si en otro / tiempo no te hubieses abrasado de amor por Céfalo! ¿Ibas a creer que tu / deshonra nos era desconocida? Yo quisiera que Titón pudiese hablar de / tus pasos: entonces no habría mujer tan escandalosa en el cielo.

Huyes de su tálamo porque la edad ha enfriado su sangre, y te lanzas de mañana / sobre el carro, que abomina su vejez; mas si oprimieses en tus brazos a / otro Céfalo, te oiríamos gritar. «¡Corred lentamente, caballos de la / noche!» Porque los años inutilizan a tu esposo, ¿ha de ser castigado mi / amor? ¿Acaso intervine yo en que te casaras con un viejo? Observa / cuántas horas de sueño concede la luna a su gentil amante, y su / hermosura no cede en nada a la tuya. El mismo padre de los dioses no / quiso verte con tanta frecuencia, y continuó sus dichas reduciendo a una / dos noches. Ya había puesto fin a mis querellas, y como si me hubiese / oído, enrojeció su frente; el sol, sin embargo, no resplandeció más / tarde que de costumbre.

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