Explore "Alborada japonesa" by Rodolfo Mata on Textopian. Read with annotations and highlights.
Nipón! Nipón! Nipón!. Y el criado chino entra a mi camarote, gesticulante, ansioso por ser el primero en darme la buena nueva. Me visto al albor indeciso de la madrugada, y subo a cubierta, creyendo que no bien traspasada la escotilla, el Japón amado y soñado va a saltar ante mis ojos en un feérico apoteosis con sus pagodas y sus plenilunios y sus cortejos de musmés y sus tropeles de samuráis. Pero nada! , apenas si durante la noche el mar ha cambiado de aspecto. Ya no es aquella vasta extensión desolada, verdadero cementerio marítimo en cuyas palideces mi tedio creía distinguir los cadáveres de todos los tritones y a todas las sirenas difuntas arrancadas de sus túmulos de coral y flotando con sus blanquísimos cuerpos a la deriva, entre rotas medusas de cristal, bajo mortajas hechas con los encajes de la espuma y el lino satinado de la luna! Ni nuestro Leduc, ese lobo, ese lobezno de mar, hoy encallado en los arrecifes periodísticos hubiera podido colocar un episodio sobre los azogues desteñidos del mar de mi travesía! El "navío errante", el "buque fantasma", el bajel esplenético del "Holandés Volador" debe haber registrado muchos días como esos en su diario de bitácora. Pero, en fin, el brumoso éxodo ha concluido; en estos instantes gruesas y ágiles olas de un hermoso azul índigo azotan los flancos del transpacífico que con brutal indiferencia de cetáceo, a los golpes de su hélice jadeante, se encamina obstinadamente hacia aquella remota línea azul que debe ser el Japón, ese Nipón que el criado chino me anunció interrumpiendo mi sueño matinal.
Han transcurrido dos horas, dos de esas horas que se alargan monstruosamente ante lo que se espera y se anhela, y la remota línea azul se denticula, cambia su tinta de vaga lejanía por un sordo verdor, y heraldos de la tierra desparramando una alegre canción de bienvenida y de alborada, pasan en bandada mil gorriones por entre las jarcias de nuestro buque. Luego los botes pescadores japoneses, los "funés" de empinada proa, como las carabelas medievales, y velamen de bambú laminado que repica con festivo rumor de castañuelas al vaivén de las olas y al soplo terral. Más originales que los buques son las tripulaciones aquellas; mujeres y hombres, patriarcas de barbas nevadas y bebés nipones, como de juguete, todos mezclados, alternando los alegres colores de sus kimonos, ellos haciendo saltar sus hercúleas musculaturas al remar, ellas cocinando o tocando en indolente postura el laúd nipón. Y un revoloteo de blancas gaviotas en el cielo y ya sobre el horizonte un sol japonés, un sol orfebre, que adamasquina el mar con raros bruñidos y desfleca sobre las olas motas de blanco lino y de sangrienta seda!