Memorias de un Vagón de Ferrocarril

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Pronto hará seis años que recorro, casi a diario, la ruta Madrid-Hendaya, y a pesar de hallarme todavía adolescente, he corregido mucho aquel concepto pintoresco que, allá en los comienzos de mi oficio, me formé de la vida. Desde luego, al sentirme colocado inflexiblemente entre un vagón que me impele -- y que, a su vez, es empujado -- y otro vagón que me arrastra -- porque a él también lo arrastran -- he perdido la fe, tan bella, que tuve en el libre albedrío. ¡Hermosa y engañosa quimera! . Quien, por primera vez, habló de ti, ¿no comprendió que todo marcha concatenado; no vió que el hombre, la oruga, la estrella, son eslabones de una cadena, unidades del universal convoy? .

Convencido estoy de que todos los seres, así los de hábitos sedentarios, como los de existencia errática, viven lo mismo, poco más o menos: porque viajar no es sólo desplazarse físicamente, sino también aspirar, soñar, pues más que nuestro cuerpo es nuestra alma la que peregrina; de donde despréndese que muchos seres, sin moverse de su sitio, andan por todas partes, según a los astrónomos y a los artistas les sucede; y otros, aun estando en perpetuo movimiento, apenas se mueven, porque van y vienen con las lámparas del entendimiento apagadas. Lo cual demuestra, una vez más, que fuera de nosotros no queda nada, o queda muy poco.

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