Memorias de un Vagón de Ferrocarril

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Otros tres años de vida monótona pasaron sobre mí, y ellos quisieron que, definitivamente, en el reloj de mi modesto destino sonase la hora otoñal. No me sorprendió. Desde la catástrofe de Toral de los Vados, yo, aunque reparado escrupulosamente, no volví a sentir aquel extraordinario bienestar -- salud de atleta -- de mis tiempos prístinos. Mi pendencia con El Majo también me dañó, y de las heridas que los "apaches" franceses me infirieron, me resentía de cuándo en cuándo. Las nieblas vascas, las humedades gallegas, los calores y sequías de Castilla, los esfuerzos que los caminos en cuesta -- sea ascendente o descendente -- exige de nuestra armazón, el recio vibrar de las marchas aceleradas, el tráfago de pasajeros, la fatiga de nuestros tabiques sobrecargados de equipajes, y el mismo cansancio que llevan consigo las emociones, lentamente habían desconcertado mis órganos capitales. La elasticidad de mis rodajes, la actividad de mis tubos de calefacción, la alegría de mis lámparas -- ¿a qué negarlo? -- no eran las mismas. Las puertas de mis compartimientos no se ceñían, como antes, a sus marcos; los cristales de mis ventanillas no ajustaban; mis asientos eran menos blandos; la palangana y el espejo de mi "water-closet" estaban rotos, y usado y manchado deplorablemente el linoléum de mi tránsito: en las fotografías policromas del corredor, en la obscura pátina de mi techumbre ahumada, en la melancolía de las cortinillas, en "no sé qué" de viejo, de desengañado, de triste, que había en todo mi cuerpo, yo comprendía que mi biografía iba acabándose.

El arreglo que me hicieron en los talleres de Valladolid apaciguó mi mal sin extirparlo, pues para las injurias del tiempo no se inventó remedio: yo, cuando mis curanderos me devolvieron a la vida rodante, parecía un veterano de los campos de batalla, cubierto de cicatrices; o un "viejo verde", bizmado, recompuesto, que llevase los cabellos pintados y postiza la dentadura. y era natural, de consiguiente, que mi contrahecha y fingida mocedad durase poco. Acabaron con ella el sol, la lluvia, la escarcha, el relente.

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