Explore "Los buenos tiempos" by Emilia Pardo Bazan on Textopian. Read with annotations and highlights.
Siempre que entrábamos en el despacho del Conde de Lobeira, atraía mis miradas -- antes que las armas auténticas, las lozas hispano-moriscas y los retazos de cuero estampado que recubrían la pared -- un retrato de mujer, de muy buena mano, que por el traje indicaba tener, próximamente, un siglo de fecha. -- «Es mi bisabuela, doña Magdalena Varela de Tobar, vigésima segunda Condesa de Lobeira» -- había dicho el Conde, respondiendo á mi curiosa interrogación en el tono del que no quiere explicarse más ó no sabe otra cosa. Y por entonces hube de contentarme, acudiendo á mi fantasía para desenvolver las ideas inspiradas por el retrato.
Este representaba á una señora como de treinta y cinco años, de rostro prolongado y macilento, de líneas austeras, que indicaban la existencia sencilla y pura, consagrada al cumplimiento de nobles deberes y al trabajo doméstico, ley de la fuerte matrona de las edades pasadas. La modestia del vestir, en tan encumbrada señora, parecíame ejemplar; aquel corpiño justo de alepín negro, aquel pañolito blanco sujeto á la garganta por un escudo de los Dolores, aquel peinado liso y recogido detrás de la oreja, eran indicaciones inestimables para delinear la fisonomía moral de la aristocrática dama. No cabía duda: doña Magdalena había encarnado el tipo de la esposa leal, casta y sumisa, fiel guardadora del fuego de los lares; de la madre digna y venerada, ante quien sus hijos se inclinan como ante una reina; del ama de casa infatigable, vigilante y próvida, cuya presencia impone respeto y cuya mano derrama la abundancia y el bienestar. Así es que me sorprendió en extremo que un día, preguntándole al Conde en qué época habían sido enajenadas las mejores fincas, los pingües estados de su casa, me contestase sombríamente, señalando al retrato consabido.